Paseaba al atadecer por la Plaza de España cuando me sorprendió un coro de pájaros.
El sonido de sus trinos era ensordecedor.
Imposible saber cuantos miembros componían ese coro pero a juzgar por sus cantos debían de ser miles.
Al fondo, inmóvil, la torre de Santa María la Real era testigo mudo de esa sinfonía coral.
Nunca el silencio del atardecer fué tan ruidosos.
Era el grito de los pájaros al final del día que se terminaba.
Era el preludio del silencio de la noche.




